
Existen distintos climas, diferentes escalas, diferentes regulaciones y desafíos propios en materia de seguros. Incluso los saltamontes que viven entre los cerezos de Oregón son distintos de los que se encuentran en las huertas de Washington.
En 2025, los productores de cerezas de todo el noroeste enfrentaron un año de bajos rendimientos. Sin embargo, los productores del desfiladero del Río Columbia, en Oregón, quieren asegurarse de que su perspectiva y sus retos particulares no pasen desapercibidos.
“Es frustrante, porque aquí abajo (en Oregón), a veces nos sentimos aislados, y las decisiones las toman principalmente los grandes empaques de Washington”, afirmó Ian Chandler, propietario de CE Farm Management y presidente de la Comisión de Cerezas Dulces de Oregón (Oregon Sweet Cherry Commission).
Entre los cinco estados que integran la Asociación de Productores de Cerezas del Noroeste (Northwest Cherry Growers) — Washington, Oregón, Idaho, Montana y Utah — que promueven colectivamente la fruta bajo una orden federal de comercialización, Oregón es el segundo mayor productor, solo por detrás de Washington. La mayor parte de la producción del estado se concentra en las colinas que rodean The Dalles, Oregón, pero se envía su fruta a empacar en bodegas ubicadas en Washington, junto al río Columbia.
Aunque ninguno de los productores entrevistados por Good Fruit Grower propuso romper esas relaciones, las diferencias entre las regiones han llevado a algunos habitantes de Oregón a reflexionar sobre su propia identidad.
“Se ha debatido si deberíamos hacer algo específico para Oregón”, dijo Chandler.
A través de sus empaques, los productores de Oregón pagan USD $27 por tonelada en tasas destinadas a financiar la Comisión de Cerezas Dulces de Oregón. De ese monto, $18 se asignan, según contrato, a Northwest Cherry Growers, con sede en Yakima, Washington. Casi la totalidad de los $9 restantes por tonelada se dirigen a proyectos de investigación.
A principios de octubre, Karley Lange, directora de promociones nacionales de Northwest Cherry Growers, y Keith Hu, director de operaciones internacionales, visitaron a Chandler y a otros miembros de la Comisión de Cerezas Dulces de Oregón para hablar de la difícil temporada. Lange recalcó que los precios los determinan los transportistas y los minoristas, no las organizaciones de promociones. También señaló que los representantes de Northwest Cherry Growers tienen prohibido discutir precios con los minoristas. Añadió que el impacto de los bajos precios de este año lo ha sentido toda la industria, no solo los productores de Oregón.
“No están solos”, insistió Lange.
Northwest Cherry Growers está gestionada por la Comisión de Frutas del Estado de Washington (Washington State Fruit Commission), que también publica Good Fruit Grower.
Nadie quiere salir
La solución es impulsar la demanda y desarrollar nuevos mercados, según Dane Klindt, un productor de cerezas en el lado de Oregón del desfiladero del río Columbia.
“No somos una industria lo suficientemente grande como para hacerlo solos. En mi opinión, debemos permanecer unidos”, afirmó.
No obstante, los productores de Oregón quieren que se reconozcan los aspectos únicos de su sector.
Uno de ellos es el volumen. Washington cuenta con más productores integrados verticalmente respaldados por fondos de inversión y grandes empaques con incentivos para mover grandes volúmenes. Oregón no disfruta de nada parecido.
Otro factor importante es la geografía y el clima. La mayor parte de las cerezas de Oregón se cosechan a mediados de la temporada, cuando los precios son bajos. Las huertas de Washington, en cambio, se extienden por diversas zonas con condiciones de cultivo distintas, lo que permite aprovechar los precios más altos al principio y al final de la temporada.

El desfiladero del río Columbia, en Oregón, es más fresco y con mucho viento que las zonas de cultivo más favorables de la cuenca del Columbia y el valle de Yakima, en Washington. La precipitación media en The Dalles es de 14 pulgadas (35,5 cm), casi el doble que en Mattawa, Pasco, Wenatchee y Yakima, en Washington.
Las laderas en Oregón son empinadas, y el paisaje autóctono que las rodea se caracteriza por la presencia de robles blancos y pinos. Además, la especie del insecto saltahojas predominante no transmite la enfermedad X con tanta eficacia como la de Washington. Oregón tiene suerte en este último aspecto.
Las leyes relativas a la vivienda para los trabajadores también difieren en Oregón: se están volviendo más beneficiosas para los trabajadores: A partir de 2027, Oregón aumentará el espacio mínimo requerido para cada empleado de 40 a 50 pies cuadrados.
Los impuestos a las empresas también son diferentes. Además del impuesto estatal sobre la renta de empresas del estado, Oregón aplica un impuesto sobre las actividades que superan un millón de dólares, el cual se calcula en USD $250 dólares más el 0.57 %, independientemente de si se trata de beneficios o no.
Durante las reclamaciones de seguros, los peritos ajustadores penalizan a los productores de Oregón por la fruta del tamaño 13 filas (row), alegando que podrían comercializarla. Como ya se mencionó, la mayor parte de la fruta se empaque en Washington, donde se ha establecido un mínimo de un tamaño de 12 filas en virtud de una orden federal de comercialización. Esa cifra pronto se reducirá a 11.5 filas, una vez que el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos apruebe el cambio.
Algunos representantes de la industria de Oregón están tratando de ajustar su tamaño mínimo de hilera para que coincida con el de Washington, según Justin Pranger, agente de seguros de cosechas del Graybeal Group en Medford, Oregón.
De lo contrario, los productores de Oregón se enfrentan al habitual lamento del noroeste: unos rendimientos inferiores al coste de producción. Algunos informaron que ganaban 50 centavos por libra, en comparación con costos agrícolas de hasta 75 centavos por libra, sin incluir los impuestos sobre la propiedad.
El productor Ken Polehn se molesta cuando ve sus cerezas en las tiendas locales a USD $6.99 la libra. Basándose en los resultados financieros anteriores, esperaba obtener $220,000 en beneficios de su empacador este año; sin embargo, solo recibió $122,000. A principios del año pasado vendió casi 100 acres y tiene previsto eliminar algunos bloques antiguos de la variedad Bing.
“Este año hemos sufrido un duro golpe”, afirmó, refiriéndose al año 2025.
Con los departamentos de ventas fomentando la fruta de mayor tamaño, hace siete años la productora Dana Meyer plantó la variedad Tamara. El año pasado, casi la mitad de la fruta se cosechó con un tamaño de 9.5 filas o más.
Aun así, un empaque les pagó 57 centavos por libra y otro pagó solamente 19 centavos por libra.
“El tamaño de la fruta no ha supuesto ninguna diferencia en los últimos años”, afirmó Meyer.
Ella desea seguir con Northwest Cherry Growers, pero quiere que la asociación y los departamentos de ventas promuevan la calidad, no solo el tamaño, y aumenten la exposición en el Medio Oeste del país, que considera un mercado poco explotado. Envía paquetes de cerezas por correo a amigos y familiares que le dicen que no saben dónde comprar tales delicias.
“Creo que tenemos un mercado interno que no se está valorando”, afirmó.
Cuando los presupuestos están ajustados, es natural que los productores se cuestionen el valor de cada dólar, dijo Mike Omeg, miembro de la junta directiva de la Comisión de Cerezas Dulces de Oregón y gerente de Orchard View Farms, uno de los pocos productores verticalmente integrados del estado. Pero abandonar Northwest Cherry Growers sería un error, afirmó.
“No son esas evaluaciones financieras las que nos están matando como industria”, explicó.
Omeg culpa a la misma situación económica que afecta a sus compañeros productores, así como a la disminución de la cooperación en la industria. No lo ha calculado, pero sospecha que hay menos huertas representadas en las jornadas de campo y en las reuniones de productores, incluso en aquellas con mucha asistencia. Las opciones virtuales facilitan la asistencia a las reuniones, pero reducen la posibilidad de mantener conversaciones informales. Este agricultor de quinta generación ha hablado de ello con sus padres, Mel y Linda.
“Quizás sea nada más que nostalgia”, afirmó. •
