Creciendo junto a los productores desde 1946

Cultivar de forma más inteligente

Ver a Honeycrisp como una singularidad, y no como un modelo del éxito, ayudaría al sector a seguir salir adelante.
En agosto, en Douglas Fruit, cerca de Pasco, Washington, Ana Valentín comprueba el color y la calidad de un contenedor de manzanas Premier Honeycrisp. El auge de las manzanas Honeycrisp transformó la economía de la industria manzanera. No obstante, ha llegado el momento de reajustar las expectativas, escribió Barclay Crane, un columnista invitado. (Ross Courtney/Good Fruit Grower)
En agosto, en Douglas Fruit, cerca de Pasco, Washington, Ana Valentín comprueba el color y la calidad de un contenedor de manzanas Premier Honeycrisp. El auge de las manzanas Honeycrisp transformó la economía de la industria manzanera. No obstante, ha llegado el momento de reajustar las expectativas, escribió Barclay Crane, un columnista invitado. (Ross Courtney/Good Fruit Grower)

Artículo de opinión de Barclay Crane

Tras observar durante una década cómo la industria manzanera de Washington atraviesa un doloroso proceso de cambio, deseo compartir algunas reflexiones sobre los factores que explican nuestra difícil realidad financiera y las posibles soluciones.

En mi casa contamos un chiste que dice que la gente de la ciudad ve la agricultura como el cuadro “American Gothic”. Ya saben, esa pintura ingenua y tranquila. Pero no es así: la agricultura es una industria compleja y técnicamente exigente.

Las cifras históricas muestran que el sector de la manzana nunca ha sido una buena inversión sino un estilo de vida atractivo, aunque difícil, para muchas familias. En el mejor de los casos (sin contar las ganancias de capital), ofrecía una rentabilidad media de alrededor del 3% de la inversión, y solo para los productores exitosos. A lo largo de los años hubo algunas variedades temporalmente rentables, como las Granny Smith y Fuji.

Por otro lado, el triunfo de la variedad Honeycrisp debe considerarse un caso único debido a su extraordinario éxito.

Barclay Crane
Barclay Crane

Cuando empecé en el sector, este era mayormente de propiedad y administración familiar. Durante la última década, a raíz de los beneficios obtenidos con la Honeycrisp, el sector despertó el interés de una nueva ola de inversionistas externos, muchos de ellos con expectativas poco realistas tras los extraordinarios años del de éxito de la Honeycrisp.

Al principio, algunas grandes empresas del sector se asociaron con inversionistas, entre los cuales había bancos de inversión, fondos de capital privado, compañías de seguros y firmas de Wall Street. Esto llevó a que otras empresas frutícolas familiares se vendieron directamente, creando un mercado favorable para los vendedores, lo que a su vez atrajo a los dueños de huertas familiares multigeneracionales sin planes de sucesión sólidos. Se vendieron empresas agrícolas emblemáticas, lo que fue aislando progresivamente a las huertas familiares que aún seguían en el negocio. Algunas de estas ventas alcanzaron cantidades enormes sin precedentes. Uno de los efectos fue una inflación interna insostenible en el sector, ya que las nuevas empresas con acceso a fondos casi ilimitados competían por recursos como la mano de obra y el talento directivo.

Esto formaba parte de una tendencia nacional de considerar “la agricultura como una inversión”, lo que ha concentrado la producción alimentaria en un número cada vez menor de empresas. La administración diversa y mayormente familiar del suministro alimentario estadounidense —que ha alimentado de forma fiable a la población durante siglos— ha sido transformada, aun cuando la propiedad familiar de la producción de alimentos es una cuestión de seguridad nacional y salud pública.

Los inversionistas externos aportaron miles de millones de dólares a una industria acostumbrada a operar con cantidades mucho menores. Fue un choque cultural y financiero que cambió las reglas del juego en el sector. Aunque la inflación de los materiales se disparó, los costos de mano de obra crecieron aún más rápidamente, pasando del 50 % del coste de producción al 70 % o más, dentro de un costo total ya increíblemente inflado. El impacto fue exponencial y catastrófico.

Al mismo tiempo, se estaba gestando una tormenta perfecta en los frentes laboral y normativo. La mano de obra se volvió cada vez más competitiva e incluso imposible de encontrar. Esto llevó a una rápida transición a los programas de trabajadores invitados H-2A para realizar labores críticas. En menos de una década considerando el trabajo a destajo y los ajustes salariales obligatorios del estado de Washington, los costes laborales aumentaron hasta niveles insostenibles, incrementándose más del 100 %.

Este aumento vino acompañado de una plantación agresiva impulsando por la afluencia de inversionistas institucionales deseosos de expandirse. Ahora todos podemos ver que esto provocó un exceso de oferta, una caída en los precios de las manzanas y una mayor demanda de mano de obra.

El resultado de todos estos cambios es un coste por contenedor que se sitúa en torno a los USD 30, mientras que los precios FOB (franco a bordo es un término que especifica el punto en el que las obligaciones, los costes y los riesgos asociados a la entrega de mercancías se transfieren del vendedor al comprador) se ubican alrededor de USD 20, lo que genera pérdidas anuales para el sector superiores a los USD 1,000 millones. Pérdidas de esta magnitud son insostenibles para los pequeños productores familiares y sus prestamistas. Mientras tanto, el estado continúa imponiendo regulaciones punitivas y costosas a un sector que ya se encuentra en tinta roja, y los nuevos inversionistas se enfrentan a pérdidas continuas en lugar del retorno esperado.

Con la industria frutícola atrapada en una espiral sin salida, surge la pregunta de si existe alguna solución a la vista. ¿Volverá algún día la huerta familiar que durante 100 años sostuvo las comunidades y a la cultura de la industria de la manzana en Okanogan, Wenatchee, Basin City y Yakima?

Hay dos posibles soluciones: una automatización eficaz y una reducción de la oferta. Para que los productores puedan sobrevivir, es necesario disminuir los costos laborales, algo que no puede lograrse reduciendo los salarios. La tecnología destinada a reducir o sustituir la mano de obra en la poda, el raleo, la cosecha y el empaque es fundamental. Sin embargo, solo una automatización a gran escala y económicamente viable nos permitirá alcanzar ese objetivo. ¿Quién pagará por ello, quizás los recientes inversionistas institucionales con grandes recursos económicos? Las familias con dificultades financieras no podrán costear la investigación y el desarrollo que se requerirá.

La reducción de la oferta se producirá de forma natural debido a las pérdidas masivas que actualmente enfrentan las huertas. Un obstáculo han sido la existencia de programas de seguros subvencionados por el gobierno, que han pagado millones de dólares a los productores de fruta no rentable. Históricamente, las primas aportadas por los productores solo han cubierto alrededor de un tercio de las indemnizaciones pagadas, por lo que funcionan como una subvención, manteniendo en funcionamiento huertas no rentables y agrava el exceso de oferta.

Nadie sabe cuánto tiempo tardarán la automatización y la reducción de la producción en equilibrar los costes y los ingresos, y un mayor nivel de ayuda gubernamental solo prolongará el declive del sector. Para que la industria recupere su salud, debe permitirse que el equilibrio entre la oferta y la demanda actúa por sí mismo.

La consolidación de empresas con poder casi monopolístico en distintos ámbitos de nuestra economía amenaza la existencia de las huertas familiares y las pequeñas empresas en general. Las tendencias actuales son insostenibles, por lo que el cambio es inevitable. ¿Volverá alguna vez el sector que conocí en mi infancia? ¿Habrá nuevamente espacio para huertas de menor tamaño administradas por familias? Espero que sí.

Como observación final, tras años de experiencia, sé que existe un desequilibrio financiero entre los productores, los empaques y los vendedores que debe volver a ser atendido. Durante mi trayectoria fui empacador, comercializador y productor por muchos años, de modo que he visto el sector desde todos los ángulos. Esto no es una crítica hacia las buenas personas que empaquetan y venden fruta, solo una advertencia. La jerarquía financiera de nuestra industria comienza con el pago del cliente que ingresa al departamento de ventas. Luego se realiza un pago al empaque y, solo después de que las ventas y el empaque se hayan pagado en su totalidad de lo que les corresponde, llega algo a los productores. Esto ocurre incluso cuando la fruta se vende con pérdidas. Los pagos realizados en estos tres niveles no están sincronizados y ha sido así desde el inicio de la burbuja de Honeycrisp. El sector necesita una reconciliación que permita a los productores poder sobrevivir con los riesgos y beneficios compartidos, y sin incentivos para que nadie recoja, empaque o venda fruta no rentable. Los líderes del sector deben unirse y resolver este problema. Se necesita una base sólida para lograr un cambio positivo y un futuro mejor para las empresas agrícolas familiares.

Estas son mis opiniones. Me interesa conocer otras ideas.

Atentamente,

Barclay Crane

Este artículo ha sido traducido por Jean Dibble y revisado por Jutsely Rivera. Puede ponerse en contacto con Jean en jean@goodfruit.com.