familia/ Los padres de Geraldine son Evelyn y Robert-Jean Diverres. Ella es licenciada en biología molecular y tiene un máster en biología vegetal por la Universidad Complutense de Madrid. Terminó su doctorado en horticultura en la Universidad Estatal de Washington y ahora trabaja en la Universidad Estatal de Nuevo México.
edad/ 32 años
ciudad natal/ Tenerife, Islas Canarias, España
cultivos/ Uvas
función/ Especialista en extensión vitivinícola
empresa/ Universidad Estatal de Nuevo México

¿A qué se dedica en el sector?
Mi labor consiste en investigar el efecto que tienen diferentes tasas de fertilización en el vigor y cómo controlarlo a través de la aplicación de nitrógeno. Trabajo principalmente con las uvas y en concreto con una variedad blanca: Riesling.
¿Cómo encontró el camino hacia la ciencia agrícola?
Crecí en Tenerife y siempre tuve mucha pasión por la biología. Así que cuando terminé de estudiar en el instituto me mudé a Madrid y allí estudié la biología. Durante una clase de biología aplicada estudiamos cómo se elaboraba el vino y la cerveza y la parte del vino me fascinó.
Recuerdo que parte de la clase era ver cómo diferentes enzimas podían cambiar el perfil aromático de los vinos y eso me resultó tan, tan increíble. No tenía claro que pudiese ser algo tan complejo. Después de tomar esas clases donde nos enseñaron cómo catar, yo vine a reconocer distintos aromas, cuáles son las faltas que pueden tener los vinos, quise saber más y parte de mi máster implicaba hacer investigación.
Un profesor en la Universidad Politécnica de Madrid que me acogió, al que estaré eternamente agradecida, se llama José Ramón Lizárraga. Me permitió hacer una pequeña estadía en su empresa de consultoría y gestión de viñedos y bodegas y además tenía clientes por todo el territorio nacional. Así que trabajar para él me permitió viajar a distintos puntos a lo largo de todo el territorio español. Aprendí mucho en ese aspecto de viajar a todos estos sitios tan distintos y ver cómo las técnicas vitícolas se adaptaban al entorno. Un poco como si hubiese un acuerdo o un matrimonio entre lo que la tierra puede darnos y lo que nosotros hacemos con la tierra fue lo que ya definitivamente me hizo enamorarme por completo de la industria.
Y como me sentía que todavía no sabía suficiente al terminar el máster, porque fue solamente un año y mis estudios anteriores eran en biología molecular, decidí venir al estado de Washington para trabajar con el mejor de los mejores, que es el
Dr. Marcos Keller, y vine aquí para hacer mi doctorado y obtener mi PhD en viticultura.
¿Qué le entusiasma de trabajar en este campo?
Cuando estaba en Toledo investigábamos sobre el efecto que tiene el riego en distintas dosis y frecuencias, en aspectos productivos, en el rendimiento, etcétera, y cuando vine a Washington también empecé a trabajar en el riego.
Aunque es cierto que Washington tiene un clima un poquito más extremo que lo de Toledo en el sentido de que hace más calor en el verano y hace más frío en el invierno, el patrón general es muy similar. También son regiones que tienen escasa precipitación anual, el aire es muy seco durante el verano y también muy cálido.
Cuando llegué a Eastern Washington, a Prosser en concreto, pues me resultó muy sencillo ajustarme porque el patrón general era muy similar. Sin embargo, Washington tiene también mucha diversidad y no es lo mismo el lado oeste que el lado este y ese aspecto me gusta mucho de aquí. Continué haciendo investigación con riego así que me encantó venir a Washington. Ha sido una aventura fascinante.
¿Qué ha aprendido trabajando en diferentes zonas vitícolas?
Una de las principales diferencias que había entre el trabajo que hice cuando estaba en España y el trabajo que he hecho aquí en Washington está relacionado con el objetivo último del método de producción. Cuando estaba en Toledo, cultivábamos uvas blancas, pero el objetivo final no era producir vino y venderlo, sino que era hacer vino para luego producir brandy, que es un producto destilado de vino.
Y en ese caso concreto, todos los métodos de diferentes tipos de riego que investigábamos tenían como objetivo lograr el mayor rendimiento posible. Al fin y al cabo, esto se trataba de una empresa y lo que querían era producir la mayor cantidad de fruta y que tuviese el mayor contenido de azúcar para después producir el brandy.
Sin embargo, en Washington, aunque también trabajé con riego, el objetivo era completamente distinto. Aquí lo que queríamos investigar era si cambiando la técnica de riego podíamos producir vinos de mucha mayor calidad. Similar a lo que ocurre en Toledo también pasa aquí en Washington: es que el verano es muy cálido y hay una alta incidencia de luz solar. Eso, para determinado tipo de variedades de uva, puede ser contraproducente porque altas temperaturas y alta exposición a la luz solar pueden disminuir el contenido de acidez que en vinos blancos nos interesa.
Y también las variedades que tienen esa tipicidad y son aromáticas, como el Riesling, por ejemplo, pueden perder algunos de esos descriptores. Queríamos ver si utilizando distintos tipos de riego podíamos conservar el agua -que es uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos en el contexto del cambio climático- pero sin perder la calidad o la tipicidad de estas uvas aromáticas.
Así que en Washington era mucho más un juego de sutileza y de calidad en comparación con lo que habíamos hecho en Toledo, que era maximizar la producción.
¿Qué consejos da a los jóvenes productores?
Un consejo que me gustaría darles a las personas que quieren dedicarse a la ciencia es que la ciencia avanza cuando cometemos errores, cuando planteamos hipótesis que luego quedan refutadas, porque todos los datos que has recogido te están diciendo completamente lo contrario a lo que tú inicialmente pensabas. Así que mi mayor consejo es aprender a tolerar la frustración y aprender a abrazarla.
No los llamaría “fallos” esos pequeños errores que se van acumulando, porque precisamente esa es la forma en la que la ciencia avanza. Yo tengo una hipótesis, hago un experimento y lo diseño para ver si esa hipótesis es cierta o no. Si no es cierta, esa información es muy valiosa y tengo que compartirla con el resto del mundo para que nadie vuelva a invertir tiempo y energía en tratar de comprobar esa hipótesis que yo ya sé que no es cierta.
Así que mi mayor consejo es si sientes mucha curiosidad y te gusta saber cómo funciona el mundo, por favor conviértete en un científico porque hacen mucha falta y parte del proceso de ser científico es cometer fallos. Así que abrázalos porque son parte de tu progreso también, y ellos ayudan a que la ciencia avance.
—por TJ Mullinax
