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Perros detectores de enfermedades, guiados por el olfato

Las pruebas de detección canina de la enfermedad de la cereza pequeña se trasladan a los viveros.
La perra Humma (Ross Courtney/Good Fruit Grower)
En 2024 en Zillah, Washington, la perra Humma, de la empresa Ruff Country K9, alerta sobre un cerezo Rainier que identifica como positivo con la enfermedad de la cereza pequeña. (Ross Courtney/Good Fruit Grower)

La investigación con perros adiestrados para detectar la enfermedad de la cereza pequeña ha entrado en una nueva fase en los viveros, después de que los resultados de un proyecto previo sorprendieran incluso a sus defensores.

“En cierto sentido, supera incluso mis expectativas”, afirmó Jessica Kohntopp, propietaria de Ruff Country K9, un negocio de adiestramiento canino en Buhl, Idaho.

Kohntopp y sus colaboradores de investigación han iniciado un nuevo proyecto para poner a prueba la capacidad de sus perras adiestradas para detectar la infección en los empaques, los bloques madre y en las zonas densamente pobladas del vivero, donde los árboles ya desarrollados se encuentran listos para el trasplante. Esperan que las perras obtengan allí los mismos resultados que en las pruebas realizadas en huertas en producción.

En cuanto a la enfermedad de la cereza pequeña, uno de los mayores retos es detectarla antes de que los síntomas sean graves y se propaguen. A veces, los frutos pequeños y poco desarrollados que la evidencian tardan años en aparecer. Si un árbol ha sido infectado recientemente por uno de los patógenos que causan la enfermedad de la cereza pequeña —incluido el fitoplasma de la enfermedad X o uno de los virus de la cereza pequeña— es posible que la infección se encuentre en una sola ramita. Eso hace que el muestreo para las pruebas genéticas no sea fiable en las primeras etapas de la enfermedad.

En otoño de 2024, en una huerta comercial de Zillah, Washington, las perras de Kohntopp, Aika y Humma, alertaron sobre numerosos cerezos Rainier que consideraban infectados con la enfermedad de la cereza pequeña. Sin embargo, en muchos casos, los métodos de prueba tradicionales no confirmaron los hallazgos de las perras, lo que planteó una pregunta clave: ¿se equivocaron las perras o fallaron las pruebas?

Este gráfico ilustra los resultados de la detección canina frente a las pruebas de laboratorio tradicionales para la enfermedad de la cereza pequeña. (Fuente: Universidad Estatal de Washington. Gráfico: Jared Johnson/Good Fruit Grower. Fotos de árboles cortesía de la WSU. Fotos de Humma y Aika por Ross Courtney/Good Fruit Grower)

Para resolver el asunto los investigadores de la Universidad Estatal de Washington (WSU) arrancaron cinco de esos árboles, los cortaron en cientos de trozos de 4 pulgadas (10 cm) y realizaron pruebas de reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés) en cada segmento.

Efectivamente, todos los árboles tenían algún fitoplasma de la enfermedad X, pero solo en un promedio de 2.8 % de las secciones de muestra, lo cual significa que, si un científico tomara una muestra aleatoria, las probabilidades de éxito eran menores a 3 de cada 100. Además, demostrarlo requería un proceso largo y costoso que ningún productor se plantearía.

“Las perras tenían razón”, afirmó Scott Harper, patólogo de la WSU. “Costó mucho trabajo demostrarlo, pero tenían razón”.

El proyecto también incluyó la dilución de extractos de savia de árboles infectados a concentraciones cada vez más bajas, para determinar qué cantidad mínima de patógenos podían detectar las perras. La respuesta es: muy poca. 

Esa información ayudará a Kohntopp y a los científicos a desarrollar sustancias para mejorar el entrenamiento. Si la investigación avanza bien, la industria querrá ampliar su uso comercial. Entrenar a nuevos perros solo con plantas en macetas, como se hizo con Aika y Humma, no resultaría eficaz, afirmó Harper.

Los viveros son los siguientes

La Comisión de Investigación de Árboles Frutales de Washington (Washington Tree Fruit Research Commission) financió la investigación, que finalizó el año pasado, con un total de USD 190,000, y aprobó un nuevo proyecto de dos años para introducir perros en entornos de viveros. Si se financia en su totalidad, ascenderá a USD 135,000. El Instituto de Mejora de Viveros del Noroeste (Northwest Nursery Improvement Institute) y la Comisión de Cerezas Dulces de Oregón (Oregon Sweet Cherry Commission) también contribuyeron a la financiación.

El olor del patógeno no cambia dentro de un vivero, pero los perros también utilizan pistas visuales, explicó Kohntopp. Alterar esas pistas puede confundirlas.

En una ocasión, probó a sus perras de manera informal con algunos árboles de vivero a raíz desnuda. Kohntopp y Harper sabían que algunos estaban infectados, pero desconocían el estado del resto. Las perras primero alertaron en todas partes y luego en ninguna. Las pruebas PCR posteriores revelaron que la enfermedad estaba más extendida en los árboles de lo que creían y las perras terminaron desbordadas.

“En realidad, les habíamos tendido una trampa a las perras”, afirmó.

Para el proyecto de viveros, nuevamente financiado, Kohntopp entrenará a las perras en el nuevo entorno con muestras positivas y negativas conocidas antes de realizar pruebas con muestras desconocidas.

Los viveros se mostraron entusiasmados.

“Soy optimista con respecto a estas perras para detectar enfermedades”, dijo Bennett Mayo, presidente de Mike and Brian’s Nursery en el valle de Yakima.

Aika y Humma han visitado las parcelas de Mike y Brian y han alertado sobre dos árboles que anteriormente habían dado negativo en la prueba PCR. Mayo confió en las perras y los eliminó.

En el vivero Cameron Nursery, en la cuenca del Columbia, su propietario, Todd Cameron, está deseando que los perros olfateen en su vivero.

“El verdadero riesgo son esos árboles matrices”, alertó. “En mi opinión, es necesario que los perros los revisen cada año”. Incluso apoyaría la incorporación de esa medida de seguridad a la normativa estatal.

Detectar la enfermedad X será mucho más complicado en zonas muy densas de árboles de cultivo o en almacenes de viveros donde hay docenas de árboles apilados en un solo contenedor, dijeron.

Cameron afirmó que incluso si la detección canina se convierte en una práctica habitual en los viveros, las huertas de producción, especialmente los árboles con brotes no deseados seguirán necesitando ser revisadas. Esto se debe a que las chicharras, que viven entre los retoños de las raíces y las malas hierbas, transmiten el fitoplasma. •

“Un árbol con retoños infectados dentro de un bloque puede propagar la enfermedad si no se controla”, afirmó Cameron.

Este artículo ha sido traducido por Jean Dibble y revisado por Jutsely Rivera. Puede ponerse en contacto con Jean en jean@goodfruit.com.